Gracias CeFoRe, gracias Angeleta
Después de cinco cursos en el Institut Angeleta Ferrer de Barcelona, llega el momento de despedirme profesionalmente de un proyecto que ha marcado profundamente mi vida profesional y personal.
Angeleta Ferrer es un instituto que nació con una voluntad clara de explorar cómo podría ser una educación de calidad: una educación personalizada, competencial y globalizada. Estas palabras se han convertido en habituales en el debate educativo, pero sólo tienen sentido cuando intentamos convertirlas en realidad.
Una educación personalizada, competencial y globalizada.
Educación personalizada significa la educación que cada uno necesita según sus intereses, necesidades y capacidades. No significa individualizada, sino, por el contrario, interdependiente. Porque nuestros intereses, necesidades y capacidades no se dan en el vacío; se dan en una comunidad de personas que se relaciona, convive y aprende. Somos un nodo en una red de relaciones.
Educación competencial significa una educación que nos capacita para hacer, pensar, inventar, crear, comprender, soñar… cosas de las que antes no éramos capaces. No es una educación que nos proporciona saberes estáticos, sino capacidades y habilidades para la vida plena. Para entendernos, no es una educación que nos hace más “eruditos”, sino que nos hace personas más sabias y mejores.
Educación globalizada significa que afrontamos la complejidad de nuestras experiencias y de nuestros saberes. ¡La complejidad no es, simplemente, juntar las matemáticas y la tecnología para hacer un cohete o una catapulta precisa! O unir la expresión plástica y la lengua para realizar un libro de cuentos… La complejidad significa juntar, en nuestro día a día, la dimensión cognitiva, emocional, social y ética. Pensar, sentir, relacionarnos y hacer el bien, a la vez. ¡Qué difícil, qué bonito!
La realidad y el deseo
Esta era nuestra aspiración, desarrollar una educación que todavía no sabemos hacer. Los primeros que no estábamos preparados éramos nosotros, los docentes. Docentes que hemos estado formados en una cultura escolar basada en la organización, el control, las asignaturas, las calificaciones y, con demasiada frecuencia, en la obediencia. Nos proponíamos construir una escuela que confiara en la autonomía, la responsabilidad, la toma de decisiones, los proyectos significativos, la evaluación por aprender y una convivencia basada en los vínculos y la reparación. No existían recetas, pero teníamos el Programa Angeleta Ferrer que nos ofrecía el privilegio de tener más tiempo, más recursos, más reflexión para formarnos, compartir con otros expertos y ser una semilla real de transformación.
También los estudiantes y sus familias debían aprender otra forma de entender la escuela. Nadie llega preparado para ejercer la libertad, asumir responsabilidades o participar activamente en la construcción de su propio aprendizaje. Todo esto también se aprende. Por eso no siempre hemos estado a la altura de nuestro propósito. Hemos cometido errores, rectificado decisiones. Y probablemente esto era inevitable. Hemos hecho posible un modelo de instituto y de formación docente, naturalmente con carencias, pero real y posible. Porque solamente se puede mejorar algo que existe.
Paradójicamente, creo que esta es la principal fortaleza del Angeleta Ferrer. No la de encontrar una fórmula definitiva, sino la de haber aceptado que educar es también aprender. A pesar de ser el responsable de la formación docente del Programa, nunca he pensado que mi trabajo consistía en «enseñar a los profesores cómo debían dar clase». Hubiera sido una absurda pretensión. Mi papel ha sido otro: ayudar a un equipo extraordinario de profesionales a pensar su práctica, a crecer colectivamente y a sostener un sueño educativo que sólo podía construirse entre todos. Si he aportado algo durante estos años, espero que haya sido éste.
Todos estamos aprendiendo
Es un tópico afirmar que me voy aprendiendo mucho más de lo que he enseñado. Cinco cursos iniciados en los barracones, con los primeros sesenta alumnos, han dado por mucho: conversaciones infinitas, dudas compartidas, celebraciones y momentos difíciles. Pienso especialmente en los docentes que empezamos el proyecto, ya amigos para siempre: Blanca Amengual, Fanny Figueras, Laura Carmona, Abraham de la Fuente y Elena Balaguer. Y en todos los que se han ido incorporando. Me gusta pensar que, al igual que ha habido una primera promoción de estudiantes, también ha habido una primera promoción de docentes. Profesionales que han crecido junto a sus alumnos y que han aprendido una forma diferente de entender la educación.
Hemos demostrado que la aspiración a otra educación es posible. Yo creo que también imprescindible, urgente y necesaria. Quizás más que nunca ante la actual ola reaccionaria, clasista y segregadora. Una educación más humana, más comprometida, más justa y más coherente con lo que hoy sabemos sobre cómo aprenden las personas. Una escuela que todavía está en construcción y que probablemente siempre lo estará. Este es, para mí, el legado más importante del Programa Angeleta Ferrer. Porque educar no es aplicar un modelo terminado. Es aprender, una y otra vez, a hacer posible una escuela que todavía no sabemos hacer.
Hacer posible una escuela que todavía no sabemos hacer
El Govern y la consellera Ester Niubò nos han felicitado por el trabajo, pero no han querido renovar el acuerdo de gobierno que daba vida al proyecto. Tras una primera posibilidad de ampliarlo y hacerlo crecer en las cuatro capitales catalanas, se ha optado por no renovarlo. Así que el Institut Angeleta Ferrer seguirá como centro de secundaria en Barcelona, bajo la dirección de Abraham de la Fuente con un magnífico equipo docente. Termina, pues, la etapa de lo que bautizamos internamente como Centro de Formación e Investigación (CeFoRe), que nos ha permitido mucha exploración y crecimiento, pero no dudo que ahora este gran equipo hará un nuevo viaje hacia la depuración y la consolidación.
Yo seguiré formando parte del movimiento de transformación, con todo lo que hemos aprendido juntos, procurando ser también semilla. Infinitamente agradecido por cinco cursos extraordinarios, siempre los llevaré conmigo.






