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Aprendizaje y relaciones humanas

Durante muchos años escribí sobre cómo enseñar mejor. Sobre aprendizaje basado en proyectos, sobre autonomía del estudiante, sobre evaluación formativa, sobre el llamado “oficio de alumno”. Preguntas genuinas, trabajadas desde la práctica, que siguen siendo válidas. No las he abandonado.

Llevo cinco cursos en el Institut Angeleta Ferrer de Barcelona, un centro de nueva creación que hemos construido, literalmente, desde cero con un grupo increíble de docentes y estudiantes del sistema público, con más preguntas que certezas. Esa experiencia ha sido, para mí, una escuela dentro de la escuela.

Primero las relaciones, después el contenido.

Nancy Dixon lo resume bien: connection before content. Primero las relaciones, después el contenido. La cité hace años, lo he confirmado de nuevo en el nuevo instituto. No las relaciones como decorado amable de la vida escolar, sino como su tejido más profundo. El aprendizaje ocurre entre personas que colaboran, que se tienen confianza, que se sienten reconocidas y capaces. Ocurre en comunidades que saben gestionar sus conflictos, que reparan sus vínculos cuando se dañan, que construyen día a día un sentido de pertenencia compartido. Sin ese tejido, las metodologías más cuidadas se sostienen en el vacío.

Construir un centro desde el principio obliga a hacerse preguntas que en un centro consolidado quizás quedan sepultadas bajo la inercia. ¿Cómo nos organizamos para aprender juntos? ¿Qué tipo de convivencia queremos? ¿Cómo resolvemos los conflictos? ¿Qué pasa cuando nos equivocamos? Y, sobre todo, ¿cómo nos cuidamos entre nosotros? Somos un grupo y nos cuidamos.

La dimensión relacional no solo afecta al vínculo docente-alumno. Afecta, con igual intensidad, a la vida del equipo docente. Los profesores también necesitamos sentirnos seguros para arriesgar. También necesitamos reconocimiento cuando las cosas van bien y acompañamiento cuando van mal. También nos cuesta pedir ayuda, reconocer un error o reparar un vínculo dañado. Aprender a ser un grupo y cuidarnos ha sido uno de los aprendizajes más profundos —y más difíciles— de estos años en el Angeleta.

Una cultura restaurativa y relacional

Las prácticas restaurativas nos han dado un lenguaje y unas herramientas concretas para todo esto. No solo para gestionar los conflictos entre estudiantes, sino para construir una cultura de centro donde el respeto, la responsabilidad y la reparación sean valores vividos, no enunciados. Los círculos de palabra, la comunicación no violenta, la búsqueda de una reparación significativa: son instrumentos al servicio de algo más grande, que es la posibilidad de aprender juntos, con confianza y con dignidad.

No digo que lo hayamos conseguido. A menudo no estamos a la altura de nuestra propia ambición. Pero el intento es ya una forma de aprendizaje, tanto para los estudiantes como para nosotros. Y eso, al final, es lo que queríamos demostrar: que es posible construir una educación diferente, aprendiendo a hacerla mientras la hacemos.
Sigo aprendiendo.

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