Es un lugar común afirmar que la escuela “prepara para la vida”, pero cada uno otorga el significado que quiere a esta idea.

Si consideramos que se aprende siempre y en todas partes, por qué hay que ir a la escuela? La vida ya te formará para la vida. Quizás la escuela te tendría que proveer, justamente, de aquellos conocimientos que la vida “ordinaria” quizás no te ofrece…

Siguiendo con este razonamiento, cabe preguntarse si hay un tipo de aprendizaje concreto o específico que se desarrolla en la escuela y que la hace imprescindible y la singulariza en relación con este “aprendizaje permanente” que la vida nos ofrece.

En la escuela clásica, el estudio es la forma específica de desarrollar la competencia propia de la escolarización obligatoria: en la escuela, sobre todo, se aprende a estudiar.

La parte relevante de este estudiar, sin embargo, no es adquirir el conocimiento “de algo” ni siquiera aprender “de memoria” o “estudiar” historia, filosofía, matemáticas, latín o griego.

Estudiar significa examinar atentamente “algo” para determinar su naturaleza, el carácter, la significación, para interpretarla, para reproducirla y, sobre todo, aprender a hacerlo para poder emplearla en “la vida no escolar”. Estudiar sí, pero en el sentido de comprender más profundamente. Puede ser la medicina, las matemáticas o lo que sea culturalmente relevante, pero no como un fin en sí mismo.

Lisa y llanamente, la escuela nos ha de enseñar a estudiar, por supuesto. Nos debe capacitar para estudiar, pero para desarrollar la competencia de comprender profundamente. Sin confundir o asimilar el desarrollo de la capacidad de comprender – necesaria para una vida plena – con la actividad de memorizar o saber algo.

Parece un matiz, pero creo que es un matiz relevante.